Jane Goodall, nueva doctora honoris causa por la Complutense

El paraninfo de San Bernardo ha acogido el acto de investidura como doctora honoris causa de la etóloga Jane Goodall, pionera en los estudios sobre los comportamientos fisiológicos y psicológicos de los chimpancés. El rector Carlos Andradas la ha definido como “una militante del desarrollo sostenible y la convivencia armónica entre el hombre y la naturaleza, que gracias a su trabajo ha trascendido el ámbito científico para ser una mujer con una influencia social tremenda”. Por su parte, el encargado de leer la laudatioPedro Lorenzodecano de la Facultad de Veterinaria la define como “una de las mujeres científicas de mayor impacto del siglo XX y una de las activistas más influyentes del siglo XXI“. La propia Jane Goodallconfiesa que en su infancia no tenía ninguna intención de ser científica, porque en aquellos tiempos las niñas no soñaban con eso, aunque lo que sí quiso siempre fue “ir a África, ver animales y escribir libros sobre ellos, algo que no hacían las chicas”.

Tras saludar en chimpancé a la audiencia que llenó el paraninfo, Goodall recordó que con cuatro años su madre la llevó a una granja cerca de Londres, “pero una de esas en los que los animales vivían libres y no una no de las terribles de la ganadería industrial”. Allí tuvo su primera experiencia de observar a los animales en la naturaleza cuando decidió esconderse para ver cómo una gallina ponía su huevo, porque no entendía dónde estaba el agujero por el que salía y las respuestas que le daban los adultos no terminaban de satisfacerla. Se escondió y esperó, y esperó y esperó, mientras su madre no sabía dónde estaba e incluso iba a llamar la policía, pero a pesar de eso allí aprendió que “con paciencia y con curiosidad se podía observar a los animales”, algo a lo que su madre, a pesar del susto inicial, le animó. De hecho, considera que su hubiera tenido otra madre probablemente hoy no estaría aquí.

Siguiendo con su infancia, cuenta Goodall que le gustaba pasar horas en las librerías y que en cuanto pudo reunir un poco de dinero se compró la novela Tarzán de los monos y allí empezó su sueño de ir a África.

                               

La casualidad quiso que, años más tarde, una de sus amigas se fuera a vivir a Kenia y la invitara a visitarla allí. Encontró un trabajo de camarera para reunir el dinero suficiente para un pasaje de barco ida y vuelta y de esa manera se plantó en el continente africano. Su amigo la animó para que fuera a presentarse a Louis Leaky en Nairobi. El paleoantropólogo se sorprendió de todo lo que sabía sobre los animales en África y ya que “pensaba que las mujeres eran mejores observadoras en el terreno” le preguntó si le gustaría estudiar a los chimpancés en la selva de Tanganika (la actual Tanzania). Hay que recordar que Leakey fue también quien promovió las carreras de las otras dos primatólogas más célebres de la historia: Diane Fossey y Biruté Galdikas.

A las autoridades no les convenció lo de que una joven veinteañera se fuera sola a la selva a trabajar, así que una vez más Goodall contó con la ayuda de su madre, que se fue con ella a pasar juntas los primeros meses de estancia en Gombe.

Asegura Goodall que “los chimpancés no habían visto nunca un mono blanco antes” y huían de ella. Por eso, el trabajo tuvo que hacerse en un primer momento con prismáticos hasta que David Greybeard, un gran chimpancé con pelos blancos en la barba, se acercó a ella y la aceptó, en el que se convirtió en uno de los días más importantes de su vida.

En esos dos primeros años de estudio vio a los chimpancés usar y hacer herramientas, “hoy lo sabemos de otros muchos animales, pero en aquella época nos considerábamos las únicas criaturas del planeta capaz de hacerlo“. Pedro Lorenzo, decano de la Facultad de Veterinaria, asegura que “lo de chimpancés usando herramientas supuso un cambio en el paradigma de la relación entre simios y humanos. Leaky señaló incluso que con esos estudios habría que redefinir o bien el concepto de humano, o el de las herramientas o considerar que los chimpancés son humanos“.

 

De vuelta a Cambridge

Jane Goodall puso nombre a todos los chimpancés y aprendió a identificarles, “les conocía tan bien que eran como parte de la familia”. Descubrió que los chimpancés se comunican usando gestos con los que estamos muy familiarizados como besarse, abrazarse o darse palmaditas en la espalda, aparte de que imitan y practican hasta que controlan las herramientas, en una transmisión de conocimiento que es lo que define a la cultura, que se pensaba una exclusiva de nuestra especie.

Goodall habla también de las relaciones importantes que se desarrollan entre las madres y sus hijos, y de los machos dominantes “que compiten con sus gestos y sus bravatas y se comportan como algunos políticos actuales que no voy a nombrar hoy en día”.

Tras dos años de estudios en Gombe, observando el comportamiento de los chimpancés, Leakey la envió a la universidad de Cambridge para que hiciese el doctorado en etología. Cuenta Goodall que en principio ni siquiera sabía lo que quería decir esa palabra, y que una vez llegó allí le dijeron que lo había hecho todo mal, que los chimpancés no deberían tener nombres, que deberían ser simples números, y que no podía dar por sentado que los chimpancés tenían pensamiento, personalidad y emociones.

Añade la doctora complutense que “decir que tenían emociones era lo peor de todo, porque decían que eso era antropormofizarles”. Por suerte para ella, durante su infancia había tenido el mejor profesor posible, que no era otro que su perro, que ya le había enseñado que aquello era mentira, “porque no somos los únicos animales de este planeta con sentimientos y emociones“.

Su director de tesis la acompañó a Gombe y “reconoció que había aprendido más en dos semanas allí que en el resto de su vida”. Allí Goodall continuó su tarea de “entender a los chimpancés, comprendiendo la relación de todos los seres vivos del bosque, y llegando a la conclusión de que la pérdida de cualquier parte puede hacer que el ecosistema completo colapse“.

 

                              

Pedro Lorenzo informa de que a raíz de ese descubrimiento, en 1977 creó el Instituto Jane Goodall con la triple intención de llevar adelante una investigación no invasivaeducar y sensibilizar a la población, y conservar las especies a través del desarrollo sostenible de las comunidades locales africanas. El rector Carlos Andradas añadió que la habilidad de Goodall “se ha transmitido al Instituto con sus treinta oficinas alrededor del mundo, que buscan inspirar a la gente para hacer el mundo un lugar mejor para los animales, las personas y el propio planeta“.

En 1991 comenzó un programa para jóvenes, “porque sin ellos no hay esperanza”, que es el programa Roots and Shoots (Raíces y Brotes) que se ha extendido a más de 80 países. “Empezamos con doce estudiantes en Tanzania, y ahora sigue creciendo desde nivel preescolar hasta los estudios post universitarios, incluso en España”, afirma Goodall, quien desea que se implemente también en la propia Universidad Complutense. En esta iniciativa, cada grupo trabaja en proyectos que tienen que ver con la comunidad humana, el medioambiente y los animales, y de ellos surge la esperanza que mantiene en movimiento a la propia Jane Goodall “viajando por el mundo 300 días al año” para hacer llegar el mensaje de que un mundo mejor todavía es posible.

Otro de los programas del Instituto, es TACARE, creado en 1994 con la idea de reforestar y de promover el desarrollo sostenible, que se ha replicado en seis países africanos, incluyendo Senegal que es donde opera el Instituto Jane Goodall España. Cuenta Goodall que cuando llegó en 1960, Gombe formaba parte de un bosque que cruzaba toda África, mientras que en 1990 ya sólo quedaban pequeñas islas de bosques, con una enorme deforestación y una erosión terrible del suelo. Aquello la golpeó, y pensó que había que hacer algo importante para ayudar a la gente.

La idea inicial de TACARE era reunirse con las comunidades autóctonas para preguntarles qué podía hacer su vida mejor y descubrió que necesitaban más comida, menos productos químicos en la agricultura, más educación, más sanidad… Goodall introdujo “microcréditos, especialmente para mujeres, basados en los programas de Muhammad Yunus“. El programa, de acuerdo con su creadora, ha empezado a dar resultados, “ahora usan las tierras de manera más sostenible y los bosques están volviendo, lo que no sólo es bueno para los chimpancés, sino también para ellos”. Se calcula que mejora la vida de cientos de personas que viven en esas áreas, y aunque cuesta mucho dinero, Goodall no dudó en viajar sin descanso para recaudarlo.

 

Cambio climático y esperanza

Hablando de la conferencia sobre el cambio climático que se celebra ahora mismo en Polonia, Jane Goodall, recuerda que es sólo la último de una serie de reuniones, y aunque hay muy buenas intenciones, es importante que se puedan poner en marcha manera políticas que den resultados concretos, porque “es innegable el impacto que estamos teniendo en el planeta y el cambio climático”. Añade Goodall que “según algunos científicos estamos ya en un punto de no retorno, a lo que se suma la apatía de mucha gente“.

Considera la doctora honoris causa que “aunque hay muchos políticos, como el presidente Trump, que hacen todo lo posible para socavar los esfuerzos que se están haciendo, todavía se puede ser optimista“. Las cuatro razones que aduce para ellos son: la gente joven que está cambiando el mundo, desde acciones como Roots and Shoots; nuestro cerebro y todo tipo de tecnología que nos puede ayudar a evitar los impactos; la resiliencia de la naturaleza, porque incluso lugares totalmente devastados pueden tener otra oportunidad; y por último “el indomable espíritu humano, con gente que nos da ejemplo de cómo superar las adversidades y lograr cambios importantes”. Añade Goodall que “cada uno de nosotros tiene ese espíritu indomable, aunque hay gente que no lo sabe y no lo desarrolla, pero podemos trabajar cada uno de nosotros para hacer un futuro mejor”.

Goodall se dirigió a los más jóvenes para insistir en que “sí podemos hacer algo por nuestro futuro”. Confía en que “todavía hay una ventana de oportunidad, pero si y sólo si trabajamos para revertir los problemas de la polución de la tierra y el agua, la deforestación, el destrozo de los océanos, la producción del CO2 que cambia el clima en todo el mundo…“. Recordó la doctora honoris causa que “la quema de los fósiles aumenta ese CO2, pero el mayor productor del metano son los animales encerrados en granjas industriales, produciendo un terrible daño al medioambiente“. De acuerdo con ella, los miles de millones de animales que viven en esas terribles granjas tienen que ser alimentados, consumiendo recursos energéticos para llevarles la comida, el agua… Aparte “están los antibióticos que se utilizan de manera masiva para mantener vivos a los animales y la resistencia de las bacterias a esos antibióticos que están produciendo” ¿Por qué hacemos esto?, se pregunta Goodall y se responde: “Me parece que hay una desconexión entre el cerebro humano y el corazón, el amor y la compasión“.

 

                                         

Una de las razones de su activismo a favor de un mundo más justo para todos se produjo en 1986, cuando comenzó a dar conferencias en América y allí descubrió que “los chimpancés, nuestros parientes más cercanos, se utilizaban en laboratorios donde están encerrados en jaulas diminutas. Los científicos creían que de ellos se podía sacar información científica, pero sin preocuparse por su comportamiento y psicología”.

Aquello fue todo un shock para ella y comenzó una campaña para acabar con esos usos en la investigación. Cuenta que consiguió permiso para entrar en un par de esos laboratorios y allí miró “a los ojos de uno de esos machos, encerrado, sin nada que hacer, separado, aislado…”. Recordó a aquellos otros chimpancés libres de Gombe, y le cayeron lágrimas que el chimpancé le limpió de las mejillas.

Informa Goodal de que en Estados Unidos se han prohibido todos los experimentos no sólo por razones éticas, sino sobre todo porque un grupo de científicos examinaron todos los experimentos realizados para ver si respondían de manera positiva a alguna de las siguientes dos preguntas: ¿esos experimentos benefician a la salud humana? o ¿son potencialmente beneficiosos para la salud humana? Goodall asegura que “ni uno sólo de los experimentos que se habían realizado con chimpancés respondió afirmativamente a esas dos preguntas”.

Además visitó varios países africanos y en todos ellos descubrió animales huérfanos que se vendían como comida o como mascotas, algo que reconoce que “es ilegal, pero a nadie le importa”. Un primer gesto fue ser capaces de confiscar, con el apoyo de las instituciones, a un pequeño chimpancé atado con cadenas y ahí comenzó su programa de centros de rescate que tiene como gran lugar de referencia, el de Tchimpounga en la República Democrática del Congo.

 

Todo está conectado

Tiene claro Jane Goodall que “la apatía, el enfado y la depresión son una lacra“, pero no pueden atenazarnos y “no podemos seguir borrando el futuro de nuestros hijos“. Añade la etóloga que “los chimpancés son inteligentes, pero también lo son los cerdos, los pulpos, los abejorros… Hay mucho ahí fuera para estudiar el comportamiento de los animales”, pero frente a todo lo que nos permite hacer e idear nuestro cerebro, muchas veces “sólo nos preocupamos por lo inmediato, sin pensar en cómo nuestras decisiones afectarán a las generaciones futuras“.

Por suerte, según Goodall, cada vez “más científicos utilizan la inteligencia para vivir en una mayor armonía con la madre naturaleza”, algo que también ocurre con el programa Root and Shoots, que ayuda a “causar un impacto positivo en el planeta cada uno de los días de nuestra vida”.

El mensaje fundamental que quiere transmitir Jane Goodall es que “lo importante es entender la conexión entre todas las partes para ayudar a los animales, a la gente y al medio ambiente, porque todo está conectado“.

                                  

Tanto durante la investidura de Jane Goodall, como en la rueda de prensa previa, el rector Carlos AndradasPedro Lorenzodecano de la Facultad de Veterinaria, e incluso Jane Goodall han tenido palabras de la máxima admiración para Rebeca Atencia. Lorenzo ha destacado su “pasión, perseverancia y empatía, tanto con los animales como con las poblaciones autóctonas”, y Andradas y Goodall la han señalado como una de esas personas que se encuentran por el mundo y que trabajan con los objetivos de conseguir hacer un mundo mejor para todos.

Rebeca Atencia es la doctora de la Facultad de Veterinaria de la UCM, que dirige el mayor centro de rescates de chimpancés del Instituto Jane Goodall, ubicado en Tchimpounga, en República Democrática del Congo. Explicó Atencia que debido a la caza furtiva y al tráfico ilegal de animales hay muchas crías de chimpancés que quedan huérfanas por todo África y se llevan a ese centro de rescate, donde se realiza un trabajo intenso para intentar reintroducir a los animales y devolverles su libertad.

Rebeca Atencia informa de que aparte de trabajar en el Congo, hacen una “campaña a nivel nacional con comunidades locales, dando oportunidades de desarrollo local sostenible, protegiendo el medio ambiente y las selvas, que son nuestros pulmones y están desapareciendo”. Asegura Atencia que el equilibrio con la comunidad local ha permitido una reducción muy grande de llegada de chimpancés huérfanos y también ha hecho que la población sepa que hay que proteger la selva, así que “todavía queda esperanza“. Eso sí, de acuerdo con ella, “todos somos responsables en cualquier parte del mundo, por el consumo que hacemos de los productos que provienen de África, como la madera que es causa fundamental de la deforestación”. Así que en nuestras manos está poner nuestro grano de arena para contribuir a un futuro de esperanza.

 

 

https://tribuna.ucm.es

Texto: Jaime Fernández, Fotografías: Jesús de Miguel y Alfredo Matilla

 

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